Escondo las flores de papel de mis palabras
disfrazándolas de pájaros y nubes
dejando de florecer por miedo al invierno.
Las costillas tratan de abrirse
para mostrar los soles guardados entre ellas
cubiertos por las telarañas de la costumbre. Las observo
tan sutiles y firmes, enjaulando las llamas
manteniéndose ignífugas
como pidiendo una caricia que las retire, un soplo
cualquier cosa
antes de convertirse en dedos de cristal
que atenacen los pulmones y sequen la tinta.
Las cicatrices son lo de menos. La muerte está en el hábito.
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